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El maravilloso balón de efectos

El maravilloso balón de efectos…
Mi hija lleva hablando de esta maravilla desde el verano pasado. La espectación es máxima.

Lo dejaron en casa los Reyes Magos, pero aún no lo hemos probado. Lo sacamos de su caja y de manera ceremoniosa leo el papelito de dentro: “Aplica efectos increíbles”.

Mi hija asiente…

Cuenta la leyenda que chutando bien fuerte de refilón, por un lateral o incluso por el centro, este mitológico balón recorre el cielo realizando giros alucinantes y dejando atónitos a los espectadores.
Miro los rostros iluminados de mis hijos… A los pocos minutos estamos en la playa.

Es febrero y hace un frío considerable. Las temperaturas llevan bajando toda la semana y el sol sigue escondiéndose. No hay nadie en el agua. Por no haber, no hay ni olas.
El mar está extraño.
Mucho caminante bien abrigado recorriendo la orilla a buen ritmo, tratando de combatir el fresco.

Bueno, hemos venido a probar el balón.
Estaremos un rato solamente, y mientras nos mantengamos en movimiento todo irá bien. 

—Más lejos, ponte más lejos. Dice mi hijo antes de darle un buen chupinazo.
—¡Hala!… ¿Pero has visto eso, papá?—La niña está alucinada.
—¡Buen pase!
—A ver si pillas esta…
—Ja, ja, ja.—Intento de chilena con postureo incluído y posterior caída tonta.

Realmente los efectos son increíbles y el balón cumple más o menos con nuestras espectativas…
Bueno… básicamente se trata de una pelota muy, muy ligera. Quizá excesivamente ligera.
Cualquier leve impacto sobre su superficie hace que ésta salga volando por los aires trazando parábolas extrañas, siguiendo el rumbo de una manera totalmente caprichosa. Así pasamos entretenidos durante una buena media hora.

¿Balón de efectos?

¡Lo que es imposible es chutar normal!
Los transeuntes tratan amablemente de devolvernos la bola cada vez que escapa a nuestro control. El problema es que cada vez que chutan la impulsan en cualquier dirección al azar, y es una dirección que nunca es la nuestra.
Esbozan sonrisas contrariados y hacen gestos desde la lejanía pidiendo disculpas, sin duda sorprendidos por su espantosa puntería. Es divertido.

—»Gracias, no te preocupes«.
Calculo que habré repetido ya la misma frase como unas doce veces, mientras correteo playa arriba, playa abajo, persiguiendo este invento del diablo. Y esto se ha venido repitiendo a lo largo de los minutos y ha terminado convirtiéndose en un proceso casi mecánico, pero entonces sucede algo que nos saca traumáticamente del bucle:

El maravillo balón de efectos se va al agua

Sí, todas las leyes de la probabilidad coincidían en que esto tenía que suceder en algún momento.

El impacto ha sido contundente y el trayecto del balón surcando los cielos quedará marcado en nuestras retinas como algo fuera de serie que tardaremos en olvidar.
Nunca habíamos visto nada igual.

En efecto… me he venido arriba y no he calculado bien el disparo.

Durante unos segundos miramos el balón flotando allá en el mar, impotentes sin saber muy bien qué hacer, sin capacidad de reacción. Petrificados.

Los comentarios de mis hijos definen la tensión del momento:
—Adiós al balón de efectos.
—Jo, papá, le has dado demasiado fuerte.
—Que poco nos ha durado.


Entonces, tragando saliva, pongo voz ruda de detective de telefilm de domingo por la tarde y mirando hacia el horizonte exclamo, a modo de sentencia tranquilizadora y peliculera:
—Volverá.

Pero mi hijo me contradice:
—Papá, creo que no… cada vez está más lejos.

maravilloso balón de efectos
Auge y caída del maravilloso balón de efectos.

Vuelvo a mirar al balón, parpadeando para tratar de captar mejor la realidad, y compruebo que efectivamente, el objeto es tan ligero que no para de alejarse de la orilla.  Compruebo además que no hay olas viniendo hacia la costa que pudieran impulsarlo trayéndolo de vuelta. Miro al horizonte de este mar Mediterráneo más feo que nunca y calculo que a la tarde el balón habrá llegado ya a Mallorca.
¡Nunca había visto el mar así, es como si estuviera enfadado con nosotros!

Me estoy poniendo nervioso… Intento usar la misma voz de antes, la del tipo duro que controla la situación, pero de mi boca lo único que sale es un balbuceo nervioso y torpe, aunque más objetivo y realista:
—Pues no, no va a volver.

Miro a los chicos. No hablan ni me reprochan nada, pero veo la tristeza y la decepción en sus rostros sinceros. Sus cabezas quedan algo gachas, con los ojos clavados en la arena, como resignándose a la evidente pérdida.

Y entiendo que lo sensato en este momento sería olvidarnos del tema, soltarles a mis hijos unas palabras paternalistas y moralizantes y regresar a casa cargados de humildad.

Pero no me da la gana…

Entorno los ojos, como analizando la situación, y recurro a la imaginación para activarme.
Respiro hondo mientras se eriza el vello por todo mi cuerpo. Mi piel engallinece, una colleja adrenalítica activa mi pescuezo, la sensación de la inminente acción me atraviesa como un rayo, zarandeándome. Mi corazón se acelera. El deber me llama.

La testosterona parasita ya mi cerebro totalmente, rezumando viscosamente por mis orejas y mis fosas nasales y gobernando mis acciones. El sentido común se echa a un lado, acobardado.
Una gaviota pasa graznando a escasos metros, dándome sin duda ánimos en su idioma absurdo.

Mis cuatro pelos se erizan con la brisa, pero yo me siento como un titán ondeando orgulloso su melena al viento.
¡El viento sopla decidido, empujando al héroe hacia su destino!
Se escuchan bocinazos de los buques del puerto lejano, como si sus tripulantes se unieran en una improvisada manifestación en mi honor. (Huelga y protestas de transportistas, creo.)
Algunos paseantes se han detenido de repente, una pareja ha dejado de jugar a las palas… Se trastoca el ritmo natural de la playa. Lógico… ¿Qué puede haber más importante que la épica de este momento?
Rostros espectantes que miran primero hacia el mar y hacia su improvisada boya, para girar después sus cuellos hacia mis hijos, como a cámara lenta y drámática, clavando finalmente sus ojos en mí…

Trago saliva, que me sabe totalmente a arena.
Intento rescatar de mi garganta el aliento del héroe de hace un rato, pero lo único que brota de ella es un estridente sonido gangoso e impostado, como la voz en off de algún anuncio malo de escasa repercusión.

—Si el maravilloso balón de efectos no viene a nosotros, tendremos que ir nosotros al maravilloso balón de efectos.
(Sí, es la versión de Mahoma y la montaña pero adaptada a las circunstancias.)

Mi hija sonríe pícara.
Mi hijo, un poco más mayor y con el conocimiento y la verguenza más desarrolladas, se tapa la cara con la mano meneando la cabeza de lado a lado.

El héroe está preparado para su hazaña.

Tomada ya la determinación, y totalmente decidido como estoy a inmolarme por tan buena causa, mi primer pensamiento sigue la inercia natural. Sé que es la misma reflexión que tendría cualquier otro hombre en mi situación…

—¿Qué calzoncillos me puse esta mañana?

Compruebo que son de reciente adquisición, unos tipo boxer con estampado de rinocerontes. Respiro aliviado y me digo a mí mismo que no es tan grave, que aunque no son la mejor de las opciones, estéticamente podría haber sido peor. (Descarté los de Homer Simpson en el último momento).
Mis calzoncillos de rinocerontes podrían pasar perfectamente por un bañador hortera de los años 70. Vale, suficiente, no hay más excusas… El héroe está preparado para su hazaña.

Estoy semidesnudo enfundado en unos calzoncillos de rinocerontes en medio de una playa concurrida donde no se baña nadie, caminando decidido hacia el agua para intentar rescatar el maravilloso balón de efectos de mis hijos.
Ya no hay vuelta atrás… procuro mostrar indiferencia y naturalidad y resultar medianamente digno ante los ojos de los espectadores. Creo que no lo consigo, pero al menos aspiro a estimular, aunque sea sutilmente, la imaginación o el sentido de aventura de los niños.

Mi hijo olvidó sus gafas en casa. Quizá su miopía contribuya a emborronar los acontecimientos y le impida apreciar la escena si el proyecto sale mal.
Me encomiendo a los dioses de la payasada y del azar, estoy listo para actuar.

Qué frío, dios…

Cuando mis pies entran en contacto con el agua entiendo de repente por qué no hay nadie bañándose.
No recordaba un agua tan fría desde aquella vez en la ducha cuando se estropeó el calentador.

Pero el balón de efectos sigue allí, y el único efecto que parece tener es el de seguir alejándose. Sigo profundizando en esta especie de lago siberiano, andando lo más rápido que puedo.

Intento pensar en sopas calientes, en chimeneas, en forjas, en documentales africanos, en repartidores de butano en Sevilla en pleno agosto… pero solo me vienen a la mente imágenes de mamuts congelados.
¡Leonardo Di Caprio, hazme sitio en tu bloque de hielo o te saco yo!

Aumento el ritmo y camino entre las aguas moviendo mucho los brazos y chapoteando, intentando inútilmente entrar en calor.
Deseo que esto termine cuanto antes.
El último tramo ha sido mortal, con el agua llegándome hasta las axilas y llevando hasta el colapso a los rinocerontes y a algunos órganos colindantes.
Se han congelado todas mis ideas excepto una:
¡LA DE SALIR DE AQUÍ!

Al llegar al balón me siento como una especie de esquimal al que se le hubiera derretido el ártico bajo los pies. 

¡Soy un héroe!

Miro hacia la orilla y veo a los chicos esperando atentos mi regreso, sujetando mi ropa entre las manos. Les dije que la tuvieran preparada. Han sido obedientes y se nota que estaban preocupados por mí.
Alzo los brazos y les muestro orgulloso el balón, que parece resplandecer como un trofeo.

Salgo a toda prisa del agua volviendo ansioso a mi medio natural terrestre, besando la arena de la playa como un náufrago y le entrego el rescate a sus dueños.
Soy un héroe, aunque nadie aplauda en la playa. 

maravilloso balón de efectos
¡Un héroe!

Y esta vez, aunque mi voz está algo tiritante sí que suena decidida y segura:
—No lo volváis a hacer, chicos.
—Pero papá, si chutaste tú.


—»No lo vuelvas a hacer.»—Rectifico para mis adentros.

Un comentario en «El maravilloso balón de efectos»

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